Hamartofóbico

Pobre de mi, hamartofóbico y abandonado, trágicamente parafílico sin retorno y sin sentido. Soy un cuerpo en busca de alma, un recipiente vacío que anhela encontrar algo más que aire en su interior. Camino en este mundo como mota de polvo al viento, de aquí para allá, sin saber donde parar, sin saber mi destino, sin saber que voy a encontrar. No tengo miedo por que sé que estoy solo, por que nadie me estropeará mi felicidad el día que la encuentre, y eso me consuela, el saber que será mía, sólo mía. No llevo cilicio puesto, ni me fustigo, pero el dolor que siento es tan fuerte que agota mis energías día tras día. Queda poco, muy poco. Mi psicosis me abruma, mi razón juega con mis sentidos mientras que mi mente me desplaza a un mundo imaginario donde todo el mundo quiere hacerme daño, donde todo el mundo me odia, ¿es realmente una fantasía? No lo sé, estoy cansado, cansado de vivir, cansado de respirar, cansado de cada una de las partes que forman el Todo. Pero tranquilo, queda poco, muy poco.

La Presa



Mis ojos hablan por mi.

Irónico paso

Sus risas me envenenan. Un nudo en mi garganta y estómago se apodera de mi cuerpo. Quiero que se vayan, no quiero verlos. Ganas de llorar pero demasiado orgulloso para derramar una sola lágrima. El pasado domina su vida, parece caminar pero no lo hace, como ir en contra del curso de una escalera mecánica a paso lento. Se mueve, siente que se mueve, pero la escalera, su pasado, hacen que siga en el mismo lugar. Viejos amigos, viejos amantes, yo, el único elemento nuevo. Día tras día llamadas que no cesan. Su –ex, su –ex anterior, su tatara-ex. Me aburre, me cansa, me mata. Diciéndolo quizás consiga que cambie, que oculte las llamadas, que tape nombres con el de su madre, su tío, su amiga. Siguen sentados, él con sus viejos amigos. La única chica habla, se ríen. Se levanta y gesticula, me da asco. Falsedad y más falsedad. Estoy apartado, primero por que quiero, segundo por que me da la gana y tercero por que no lo aguanto. Media hora en este lugar y ningún síntoma de empatía. Sigue bebiendo, copa tras copa, dinero y más dinero. Mi relación se resiente por su crisis económica, por intentar ayudarlo y que no me deje, por, según él, no comprender lo que le pasa. Me habla en un tono que no soporto, todavía siente que no lo comprendo. ¿Y ahora sus problemas donde están? Quizás en una mezcla homogénea donde solo intervienen dos elementos, sus problemas y el alcohol.

Dulce infancia

BonZo


Cálido reflejo proyectado en mi cara. Mi rostro brilla por la llama oscilante que se precipita a besarme los labios, a sumergirme en un abrazo mortal. Es fuerza, energía, me invade, recorre mis venas y me hace sentir fuerte, es fuego. Me siento atraído por él. Quiero ser elemento, no quiero ser agua, no quiero ser aire, no quiero ser tierra, anhelo ser fuego. Doy vueltas a la hoguera invadido por un éxtasis que hace que las brasas del suelo no quemen las plantas de mis pies. Quiero ser libre, quiero purificarme en las llamas de la salvación eterna. El ruido del mar me desconcierta por momentos, siento que suplica que no lo haga, es un lamento, un llanto de desesperación. Me quito los harapos que llevo puestos, mi piel es bañada por una luz anaranjada, me gusta verme así, acaricio mis brazos para sentir el calor que atrapa mi cuerpo, estoy ardiendo, no tengo miedo. Camino lentamente hacía la silueta flamígera, el calor es cada vez más intenso, observo el color negruzco de mis pies, no me duelen, no quiero que me duelan. Una llama azota mi cuerpo, cierro los ojos con fuerza, me muerdo los labios pero no chillo, una lágrima brota para evaporarse al instante. Otra llama, calor, dolor, no quiero chillar, pero grito. Grito como nunca lo he hecho, grito tan fuerte que no siento nada, tan fuerte que todo el dolor es concentrado en mi garganta. Observo mi piel, se deshace, hierve, no veo nada, intento abrir los ojos pero no veo nada, estoy dentro de él. Estoy siendo fuego. Me libro de mis pecados, me libro del daño que he hecho y del daño que me iban a ocasionar. Mi alma vuela lejos, está cansada de sufrir. Agonizo y me desplomo, se acaba. Llega mi libertad, por fin soy libre, por fin soy fuego.

Más allá de la oscuridad

Como tú...

No tienes voto en tus decisiones y simplemente eres espectador sumiso de tus acciones. Te levantas cada día para hacer lo contrario a lo que piensas justo antes de acostarte. Intentas salir de la monotonía en la que te encuentras preso, pero no es fácil. No es fácil cuando tienes en cuenta las personas que te rodean, cuando ellas esperan algo de ti, cuando realmente te importa lo que te digan y te afecta lo que piensen. Te ríes de ti mismo por ser tan manipulable, pero te gusta que piensen por ti. Tienes miedo a equivocarte, y te dejas llevar por la corriente. En tu miserable vida al menos tendrás un resquicio de consuelo al saber que si te equivocas no fue culpa tuya, tranquilo, simplemente te aconsejaron mal. Te rodeas de gente sin destino, gente como tú, gente que necesita de los demás prácticamente para llevar su vida. Estás infectado. El virus de la sumisión esta tan aferrado a ti como tus propias mentiras. Te automutilas mintiéndote a ti mismo, pero al menos haciéndolo no llegas al borde de la autodestrucción. Sabes que si no fuera por tu capacidad de imaginación ya no estarías entre los vivos, necesitas tanto de ella como de tus antidepresivos. La dosis de diazepam recorre cada una de tus arterias, cada una de tus venas, sangre saturada, sangre sucia. Te sientes bien por momentos, parece que todo vuelve a la normalidad, ves como todo se desarrolla acorde con tus sentimientos, tienes una vida perfecta, un trabajo perfecto, una pareja perfecta… ¡Mentiras! Te rodean a donde vayas, son como costras adheridas a tu piel, las ves claramente, pero arrancártelas duele, es mejor que caigan por si solas. Las alargas hasta el infinito esperando que tu vida quede solucionada por alguna de ellas. ¡Despierta! Vuelve a tu vida, tus antidepresivos te han abandonado, el efecto placentero de bienestar no te acompaña, vuelves a estar cara acara con lo que mas temes, con lo que mas odias, contigo mismo. ¡Acaba con esto de una vez!, te repites, ¿para que sigues? Te cuestionas. Pero la respuesta viene por si sola… eres un cobarde. Llora cuanto puedas, derrama hasta la última lágrima, grita en el suelo, revuélcate y patalea, es lo único que puedes hacer, lo único que sabes hacer. Que yo te observo y me río, me río por que en el fondo no somos tan diferentes.

Se libre

En el panóptico

Y de nuevo no puedo más. Me falta el aire, respiro profundamente pero no llega a mis pulmones. En mitad de la ciudad, postrado en el suelo, siento como los síntomas de mi agonía vuelven a aparecer. Sin causa aparente, sin defecto físico, sin enfermedad crónica, siento que muero. Me miran y no se detienen, no son conscientes de que ellos mismos me provocan ésto, de que son los culpables de que la felicidad no sea mi aliada. No estoy atado, pero no puedo caminar, no soy mudo, pero no puedo hablar, nada me asfixia y me cuesta respirar. No estoy preparado para esta la gran urbe, con sus cientos de transeúntes que me miran incesantes, pupilas fijas en mí ser, comisuras de ojos que se abren y cierran sin parar mientras yo, en el suelo, me percato de todo. Busco mi intimidad allá donde vaya y cada vez se me hace más difícil. Cada movimiento que realizo queda registrado, mientras me quemo en mi interior. Me encuentro en una cárcel de vasto perímetro, concretamente en un panóptico. Estoy en esa celda donde cada detalle queda minuciosamente escrutado por aquellos que me vigilan. No pido ayuda ni compasión, sólo quiero que me devuelvan mi libertad, mi intimidad, mi vida. No me gusta ser observado. Tengo el derecho a elegir, y yo elijo gritar. Grito por lo que pienso, grito por lo que siento, grito por la indiferencia de la sociedad y por último grito por mí. En mitad de la ciudad, ciego, mudo y atado, me levanto, los miro y grito por que quiero.

Desgarro

Imponte














con fuerza, mucha fuerza...